Y mientras él seguía enumerando las bondades de la etiqueta, Carmen comprendió que un corazón que no sabe despeinarse, difícilmente sabría cómo amar a una mujer que era, por derecho propio, un vendaval.
Carmen se había enamorado de un señorito estirado, uno de esos hombres que parecen llevar un bastón invisible cosido a la columna vertebral. Se llamaba Julián, y su mundo olía a lavanda inglesa, cuero de zapatería fina y a un árbol genealógico que pesaba más que su propia conciencia. Carmen se ha enamorado de un seГ±orito estirado ...
¿Te gustaría que la historia continúe con un entre ellos o prefieres un giro donde él cambie su actitud por ella? Y mientras él seguía enumerando las bondades de